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Vamýk D. Volkan, M.D., DLFAPA, FACPsa.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
24-25                                                                                                                                                                                                  EL MUNDO. SÁBADO 26 DE JUNIO DE 2010 

OTRAS VOCES

 

EL MUNDO QUE VIENE

VAMIK VOLKAN

 
LUGAR DE NACIMIENTO: Nicosia (Chipre) /
EDAD: 78 años /
FORMACIÓN: Profesor emérito de Psiquiatría en la Universidad de Virginia /
OCUPACIÓN: Presidente del Colegio de Psicoanalistas de EEUU y cuatro veces candidato al Nobel de la Paz /
SUEÑO: Presenciar el fin del conflicto árabe-israelí, en el que fue mediador
  
«Antes se tardaba dos años en fabricar unkamikaze,
ahora se requieren sólo 24 horas»
 
 
FÁTIMA RUIZ
 
 
 
Nació en Chipre, una isla partida en mitades irreconciliables, y se hizo psicoanalista. Tras una vida buceando en las contradicciones del individuo, Vamik Volkan se zambulló en aquellas que cuajan en el colectivo y encienden la chispa de conflictos como el que aún arrastra su Nicosia natal, último rescoldo de la Guerra Fría en Europa. Sepuede decir que allá por los años 70 se vio en el brete de tumbar la guerra en el diván.
 
Fue por casualidad –cuenta a su paso por Madrid para dar una charla en Caixafórum– ,al hilo de unas palabras de Anwar el Sadat sobre el conflicto árabe-israelí. «Es psicológico en un 70%», dijo el presidente egipcio ante el Parlamento israelí. Al otrolado del océano, Estados Unidos tomó nota y puso a un grupo de psiquiatras manos a la obra para analizar las patologías de ese enfrentamiento. Fue sólo el ensayo general delo que más tarde constituiría una carrera que ha merecido cuatro nominaciones al Nobel de la Paz. Por su diván han pasado la paranoia entre URSS y EEUU, la explosión de Yugoslavia o la reunificación alemana. Guerras todas de las que saca una conclusión que alumbra al ser humano con tintes claroscuros: «Necesitamos enemigos tanto como aliados».
 
 
Pregunta.–          Cuando una guerra estalla sabemos lo que ocurre por fuera: tropas, muertos, refugiados, querellas políticas y económicas. Pero, ¿qué pasa en la cabeza?
Respuesta.–       Le pongo un ejemplo: los extraterrestres aterrizan en Madrid y lanzan una amenaza contra la población. En poco tiempo usted deja de ser periodista y empieza a preocuparse mucho más por su condición de española. Trata de proteger al grupo al que pertenece. Y, curiosamente, en esas condiciones no se siente mal a la hora de matar, se ve con derecho a ello.
 
P.–                      ¿Cómo es posible que esa identidad de grupo, nación, religión o ideología sea más fuerte que la individual, que se sacrifique una por otra?
R.–                      Primero hay que entender lo que se denomina identidad de un gran grupo. En la vida cotidiana uno tiene su identidad: es mujer u hombre, maestra o abogado, tiene familia y amigos, necesidad de ganarse la vida... La existencia está afectada por cosas cotidianas como perros, hijos, gatos...  ¿Qué pasa cuando se ve una bandera? Bueno, pues ahí está. No significa gran cosa. Pero uno comparte también determinados sentimientos y amplificadores culturales con millones de personas a las que nunca conocerá. Bajo esa gran carpa todo el mundo sellama español, o vasco o serbio... No tiene por qué tratarse de una nación, el gran grupo puede ser religioso o político, como en el caso del comunismo. Cuando alguiente ataca no por tu identidad individual sino por la del grupo al que perteneces, eso se convierte en una preocupación fundamental y compartida. Por consiguiente uno intenta mantenerla y preservarla.
 
 
P.–                     ¿Hasta qué punto? Porque en el caso de los Balcanes el mundo asistió en shock a las atrocidades perpetradas por hombres y mujeres contra vecinos con los que hasta ese momento habían vivido en paz.
R.–                      En determinadas circunstancias el individuo tolera las cosas más terribles. Está dispuesto psicológicamente a una gran victimización. En un campo de refugiados la gente habla de que no tiene qué comer. Pero si uno escucha con detenimiento se da cuenta de que no dicen tanto yo como nosotros. Así que si una guerra estalla en semejantes condiciones–más allá del miedo por la pérdida de seres queridos y la propia vida– uno está preparado para ello. La diferencias étnicas están relacionadas con la identidad grupal, y en el caso de los Balcanes no se actuó en función de la propia psicología, sino de la  personal, sino bajo la influencia de la grupal, y se convierte en portavoz del gran colectivo. Imagine que dos millones de personas viven bajo una misma carpa étnica. Todo el mundo lleva puesta su ropa, que sería la identidad personal. Pero todos tienen una segunda vestimenta, que es la lona de esa gran tienda. Si alguien llega y escupe en la carpa o la ensucia de barro, o la corta, el individuo deja de preocuparse de sus propias ropas y atiende a la lona.
 
 
P.–                      Es decir, que el factor psicológico puede llegar a ser más determinante que la pobreza o la desesperación.
R.–                      Mohamed Atta no era pobre y decidió  perpetrar el 11-S. No estamos hablando de pobres. Probablemente tampoco lo era la mujer terrorista que saltó por los aires hace
meses en el metro de Moscú. Fue el hecho identidad grupal o religiosa.
 
 
P.–                     ¿Y cuando no se habla sólo de matar, sino de morir por defender esa identidad,como en el caso de los kamikazes?
R.–                     Un terrorista suicida no es un tipo loco. No actúa en función de su psicología de que su marido fuera asesinado por los rusos lo que la llevó a suicidarse.
 
 
P.–                   ¿Existen rasgos psicológicos característicos en un futuro kamikaze?
R.–                   En la segunda Intifada había gente que viajaba a las comunidades locales para elegir elegir a los futuros terroristas suicidas. En principio escogían a los más jóvenes, aquellos que habían sufrido humillaciones, cuyo padre había sido asesinado o lamadre violada. Entonces se los llevaban a escuelas en las que repetían fragmentos del Corán incesantemente. Si eran hombres se les alejaba de las mujeres, prometiéndoles volver a verlastras la muerte. Tras el suicidio se celebraba incluso una ceremonia nupcial y se repartían tarjetas con fotografías de los terroristas a la manera de ídolos paramostrarlos a otros potenciales kamikazes. El lavado de cerebro se llevaba a cabo a través de unas estrategias muy sofisticadas y complejas en las que se empleaban uno o dos años. Ahora ese periodo se ha reducido a 24 horas.
 
  
«Cuando una guerra estalla uno no se sientemal
al matar a otro, seve con derecho a ello» 
 
P.–                   ¿Cómo es posible?
R.–                   Porque la lona de esa carpa se está agitando más. La agresión se agrava, la gente se preocupa más y está más dispuesta al sacrificio. La globalización ha sido de gran ayuda en aspectos como, por ejemplo, la lucha contra el sida, pero ha generado muchas preguntas. Sobre todo, ¿quiénes somos ahora? Tras la descolonización europea en África muchos grupos étnicos sepreguntaron lo mismo. O especialmentetras el colapso de la URSS. Antes todo estabamuy claro, teníamos la URSS y EEUU, Este y Oeste. Ahora está China, por ejemplo. Cuando la antigua Yugoslavia se vino abajo, la gente se preguntó quién era. La respuesta fue: serbios, montenegrinos, bosnios... Y esa identidad colectiva se convirtió en clave del conflicto.
 
P.–                   ¿No se supone que un psicoanalista indaga en el individuo? ¿Cómo se metió a psicoanalizar algo tan colectivo como la guerra?
R.–                  Yo entré en esto por accidente. En 1979, en medio del conflicto árabe-israelí, el presidente egipcio Anwar el Sadat pronunció un discurso en la Kneset (Parlamento israelí). Allí declaró que el 70% del conflicto entre israelíes y árabes era psicológico.Los americanos, a los que les encantaba Sadat, empezaron a recurrir a los psquiatras para que estudiaran ese conflicto. Y esto cambió toda mi vida, porque entré por casualidad a formar parte de un comité formado para aplicar la psiquiatría a esa cuestión, que estudió el asunto durante seis años y medio. Luego llegó el fin de la Guerra Fría, y una vez más por azar me pidieron que estudiara las relaciones americanosoviéticas.
  
 
«Ante un enemigo con una pistola lo que nunca
haces es preguntarte por qué has ayudado a darle el arma»
  
 
P.–                     Usted que tanto tiempo dedicó al conflicto árabe-israelí, ¿cómo lo ve desde aquel final de los años 70?
R.–                    Si yo me peleo con alguien lo que tengo en la cabeza fundamentalmente es al otro: eres malo, apestas... Nunca me miro a mí mismo, siempre me centro en aquel que tengo enfrente. Ese enemigo puede ser imaginario o real, como alguien que me apunta con una pistola. Pero lo que nunca hago es preguntarme por qué le he dado yo esa pistola. En el caso de Israel y Palestina cada parte tiene que mirarse a sí misma. Israel es un país sintético, artificial, donde gente llegada de distintos lugares del planeta se dijo a símisma judía: pero un millón de ellos eran ex soviéticos que no sabían de religión porque habían vivido bajo un régimen comunista; otros cientos de miles procedían de Etiopía... De repente todas estas personas se juntaron para formar una nación. ¿Cómo? Los adolescentes fueron enviados al Ejército, donde hasta hoy pueden pasar tres o cuatro años cantando lo mismo y llevando el mismo uniforme. Para ser un grupo unido y disolver las diferencias necesitan un enemigo. Ese es un asunto psicológico fundamental.
 
 
 
                                                                                          ALBERTO DI LOLLI
 

«El ser humano necesita enemigos al igual que aliados, forma parte de su naturaleza»

 
 
 
P.–                      En el caso de los palestinos, sin embargo, sí existe una cohesión étnica.
R.–                     La identidad palestina, la palestinidad es algo nuevo. Una vez establecido Israel en ese territorio aquellos árabes se convirtieron en un grupo de árabes muy específico y concreto: ahora han sufrido tanto que llevan la victimización como bandera. Cuando Bin Laden empezó con el terrorismo no tenía a Palestina en mente. Su interés fue posterior porque el mundo árabe lleva la enseña palestina como la gran víctima de su grupo.
 
P.–                    ¿Cómo influye esa victimización en la psicología colectiva?
R.–                    El proceso es muy malo, pero psicológicamente si a uno se le victimiza durante tiempo suficiente, ese rasgo se convierte en elemento de identidad del gran colectivo, y uno no quiere renunciar a esa identidad. Y esto no es algo teórico o alejado de la realidad, interfiere en las negociaciones. Conozco algunos de los procesos de negociación entre árabes e israelíes bastante bien. Cuando se llega casi al punto de tomar una decisión, las partes ven amenazada su identidad y el acuerdo se desmorona.
 
P.–                    Pero sí hay naciones que se han tumbado en el diván para analizar sus culpas y buscar soluciones. Alemania, por ejemplo.
R.–                   No fue un proceso fácil, ni siquiera lo es ahora, tras la reunificación. Alemania tuvo que mirarse a sí misma, víctimas y verdugos, porque los autores de los crímenes también perdieron seres queridos y propiedades, pero no pudieron llorar sus pérdidas. La reunificación les obligó a pasar por ese proceso de pena, de aflicción. En las consultas de psicoanálisis la gente no hablaba de sus parientes nazis, aunque tras la fusión de las dos mitades del país, en este paso de llorar su tragedia, muchos grupos de pacientes están tratando de afrontar esta cuestión del nazismo.
 
P.–                    Otro país reacio a entonar el mea culpa es Serbia.
R.–                   En su caso lo que se hizo fue retrasar el reloj 600 años para buscar un enemigo externo. Recrearon la imagen de la batalla de Kosovo, abrieron el ataúd del príncipe Lazar, del que quedaban apenas huesos, y lo llevaron de pueblo en pueblo.
 
P.–                    Es una imagen un poco siniestra del ser humano, esa búsqueda de cohesión contra alguien o algo.
R.–                   Los seres humanos como grupo siempre necesitan tener un enemigo. Forma parte de nuestra vida, de nuestra naturaleza, del mismo modo que necesitamos tener aliados. Qué hacemos con esa necesidad interior depende de lo que nos hagan los demás. Hay muchas cosas que agrandan la presencia de ese enemigo: un presidente o un rey paranoico, una catástrofe económica... Tener prejuicios es normal, forma parte de la psicología humana, lo que hay que lograr saber es qué es lo que los convierte en algo maligno.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 

 
 
 
 
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Last modified on: May 28, 2012